2.4. El espacio
Las BP del Estado español en 1998 se distribuían de la siguiente manera según su superficie útil:

Cerca de la mitad de las BP (1.687), según estos datos, tenía en 1998 una superficie inferior a los 100 m2, proporción que se asemeja al de bibliotecas públicas ubicadas en poblaciones de menos de 5.000 habitantes (el 53 por ciento), aunque no se circunscribe exclusivamente a ellas, ya que la cuarta parte de éstas pertenece a municipios con población superior. A pesar del aumento del número de bibliotecas entre 1990 y 1998, este porcentaje apenas ha disminuido: a principios de la década las bibliotecas con superficie inferior a los 100 m2 representaban un 46,4 por ciento y, en 1994, un 46,1 por ciento. Sin embargo, su distribución territorial presenta mayores diferencias:

Las dos comunidades insulares y, sobre todo, Aragón y Extremadura, destacan por su alto porcentaje de BP con pequeñas superficies, lo que implica relativizar el buen índice que estas comunidades muestran en la relación de puntos de servicio por habitante. En el caso extremeño, llegan a ser cuatro de cada diez las bibliotecas cuya superficie no llega siquiera a los 60 m2. Las Normas para bibliotecas públicas publicadas en 1973 por la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas (FIAB)[34] recomendaban precisamente que ninguna biblioteca pública tuviera una superficie inferior a los 100 m2, mínimo que ha sido revisado por la propia FIAB en sus nuevas pautas para bibliotecas públicas,[35] en los que establece la superficie mínima de una biblioteca independiente en 350 m2 y, en un sistema de múltiples sucursales, en 230 m2. A título meramente ilustrativo, si se analizan las BP que en el Estado cumplen la recomendación mínima de la FIAB, se comprueba que sólo dos de cada diez bibliotecas públicas tienen una superficie mínima de 230 m2.

Evidentemente, no hay una medida universal y actualmente las recomendaciones de la FIAB se orientan a evaluar en cada área geográfica las dimensiones medias de sus bibliotecas, en función no de valores absolutos, sino de la población a la que deben prestar servicio, estableciendo una tasa media de superficie por habitante. Para comunidades de menos de 100.000 habitantes, dicha tasa sería de 56 m2 por cada 1.000 habitantes. Este índice permite analizar la superficie de las bibliotecas públicas con una mayor precisión, ya que refleja hasta qué punto sus dimensiones son o no adecuadas para la población a la que sirven.
Sobre el conjunto de la población, las BP disponían en 1998 de 22 m2 por cada mil habitantes, una media muy por debajo de la tasa recomendada por la FIAB. Claro que donde este índice resulta más explicativo es cuando se aplica a los municipios, sumando la superficie del conjunto de bibliotecas de que dispone el municipio y poniéndola en relación con los habitantes que en él residen.
En los municipios con más de 5.000 habitantes, la media de 1998 arroja tan sólo 12 m2 por cada mil habitantes, índice al que sin embargo no llegan varias de las grandes ciudades: 8 m2 tienen en Barcelona y Valencia; 10 m2, en Sevilla y Málaga; 14 m2, en Madrid, y 20 m2, en Zaragoza. Algo mejor se presenta la situación en las 47 ciudades de 100.000 a 500.000 habitantes, entre las que al menos la mitad ofrecen un índice superior a la media de 22 m2 por mil habitantes; pero es en las ciudades por debajo de ese tamaño donde la superficie disponible en sus BP parece más adecuada.

Estos datos confirman algo ya apuntado al analizar el número de bibliotecas y puntos de servicios de que disponían los municipios, a saber, que las ciudades de tamaño medio o pequeño tienden a tener mejores dotaciones que las grandes ciudades, donde aparecen casos especialmente deficitarios.
Una última consideración en relación al espacio disponible por las BP. Aunque los datos estadísticos no recogen la distribución interna del espacio de las bibliotecas, la encuesta realizada a los bibliotecarios permite, al menos, estimar que seis de cada diez BP contaban en el año 2000 con una sola sala en la que se concentran todos los públicos y servicios bibliotecarios, mientras que solamente una tercera parte dispone de una sala independiente para el público infantil, algo que tradicionalmente ha sido un criterio generalmente unánime.
Es cierto que, en la actualidad, muchas nuevas bibliotecas tienden a integrar en un solo espacio o en espacios abiertos y comunicados todos sus servicios, sin una separación física en salas independientes y permitiendo incluso la libre circulación de niños y adultos en un modelo que integra tecnologías, usos y públicos en un conjunto homogéneo de comunicación cultural. Pero ello se produce en las nuevas bibliotecas públicas que han adecuado su superficie a la población a la que tienen que atender y han modelado su espacio adaptándolo a los servicios que precisan sus ciudadanos y pueden realmente ofrecerles.
[34] Vid. Normas para bibliotecas públicas, Madrid, ANABA, 1974.
[35] Vid. The Public Library Service: IFLA/UNESCO Guidelines for Development, Munich, Saur, 2001.
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DE LOS TEXTOS
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Ramón Salaberría; Tomás Saorín; Joaquín
Selgas; Tea Cegos.
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