3.5. Usos y desusos
En efecto, las preferencias que declaran los entrevistados para este estudio sobre los servicios de las bibliotecas ofrecen una distancia notoria entre el uso real y uso hipotético que les gustaría realizar. Entre los encuestados que se manifestaron como usuarios de las BP, los servicios que utilizan o las actividades que realizan en ellas muestran grandes diferencias en función de la edad y reflejan con claridad las posibilidades reales que tienen de uso.[91]

Hasta los 35 años, la actividad mayoritaria que se realiza en las BP es estudiar o realizar trabajos académicos, pero eso no impide otros usos complementarios como el servicio de préstamos o la consulta y lectura de libros o prensa en las salas de la biblioteca. Informarse de algo es un uso de la biblioteca cuya importancia crece con la edad de los usuarios y figura entre las actividades destacadas de los adultos, uso al que probablemente se debería agregar buena parte de quienes declaran leer u hojear libros en la biblioteca.[92] Mientras tanto, el uso de audiovisuales o de recursos electrónicos alcanza porcentajes mínimos, sin duda determinados por la escasez de la oferta que realizan las BP en su conjunto.
Porque lo cierto es que, a la hora de manifestar sus preferencias hipotéticas, la opinión de los encuestados es rotunda.

Si existen demandas insatisfechas para los usuarios de las BP, éstas son sin duda las relacionadas con las nuevas tecnologías, ocupando un lugar destacado el acceso a los servicios de internet y, en segundo término, la posibilidad de “trabajar” con un ordenador, demandas comunes en todas las edades, salvo entre los mayores de 65 años. Las opciones de ver vídeos o de escuchar música, mucho más la primera que la segunda, son también servicios cuya demanda es evidente, con la particularidad de que en este caso parece aumentar con la edad de los entrevistados. También la posibilidad de informarse de algo dista de ser una oferta que cubra las necesidades expresadas por los ciudadanos, en mayor proporción conforme avanza su edad.
La asistencia a actividades culturales organizadas en la biblioteca es, por el contrario, una opción por la que los ciudadanos que la usan parecen orientarse muy por debajo de la oferta. Si dos terceras partes de las bibliotecas realizan alguna actividad de este tipo, tan solo el 17 por ciento de los encuestados, mayores de 14 o más años, declaran haber asistido o participado en ellas, proporción algo más elevada entre los adultos (18 por ciento) que entre los jóvenes (13 por ciento). Claro que a estas actividades asisten sectores de público que no son o no se consideran necesariamente usuarios de las bibliotecas, pero no cabe descartar que la identificación administrativa u organizativa de las BP entre los servicios culturales de la administración no sea del todo compartida en la práctica por los ciudadanos, más tendentes a asociarlas con sus necesidades educativas, como lo reflejan las motivaciones que les impulsan a acudir a las bibliotecas.

En general, la actividad educativa sigue siendo el principal generador de demandas para las BP, si bien su importancia entre los adultos apenas alcanza a la cuarta parte (23 por ciento) de los usuarios de 35 o más años y se mantiene en una alta proporción entre los adultos-jóvenes (80 por ciento). La utilización del tiempo libre que pueden cubrir las bibliotecas es para los adultos y mayores el principal motivo señalado (41 por ciento), que apuntan como segundo motivo (30 por ciento) la necesidad de informase de algo. Al igual que en otros aspectos, el comportamiento de los adultos-jóvenes, entre 18 y 34 años, se asemeja al de los sectores más jóvenes aunque tengan mayor peso las razones de tiempo libre (11 por ciento) y de información (ocho por ciento).
Es preciso reseñar que quienes se reconocen como usuarios habituales de las BP lo son en el sentido literal de la palabra, ya que la frecuencia con la que acuden a ellas denota hábitos estables, más allá de la consideración de usuario a quien las visita al menos una vez al año.

Las visitas esporádicas es la frecuencia que declaran menos de la cuarta parte de los usuarios entrevistados, proporción que se reduce a uno de cada diez entre los jóvenes, pero que aumenta a cuatro de cada diez usuarios de 35 o más años. Pero, en conjunto, la gran mayoría de los ciudadanos que utilizan las BP lo hacen con una frecuencia al menos mensual, siendo mayoría los que acuden al menos una vez a la semana, sobre todo si tienen edades inferiores a los 35 años. Esta frecuencia de uso refleja algo por lo que también se buscó expresamente la opinión de los que usan las bibliotecas públicas: el nivel de satisfacción con que valoraban distintos aspectos de sus servicios.

Se podría decir que quienes hacen uso de las bibliotecas públicas se sienten “razonablemente” satisfechos de ellas, calificándolas con una nota media de notable, si bien se muestran más generosos en su reconocimiento los adultos que los jóvenes. En cualquier caso y aunque las diferencias son muy reducidas, los usuarios se sienten más satisfechos del trato y profesionalidad de los bibliotecarios y de los servicios que se ofrecen, mientras que valoran de forma más crítica los recursos informativos, su cantidad y actualización.[93]
De manera complementaria a los motivos que a unos los impulsan a utilizar los servicios de las BP, resulta enormemente ilustrativo conocer las razones que a otros les mantienen alejados de ellas.

Sea por desconocimiento o como consecuencia de alguna experiencia concreta, casi la mitad de los encuestados que no usan las bibliotecas públicas[94] piensan que entre sus servicios no hay nada que les interese, motivo al que, entre los adultos, podría sumarse el de quienes piensan que las bibliotecas son algo para niños y estudiantes. Ahora bien, no deja de ser significativo que el 20 por ciento señale el no disponer de una biblioteca cerca de su residencia, algo que incide sobre todo en los más jóvenes (lo citan el 38,2 por ciento) que entre los adultos (16,6 por ciento), lo que lleva a considerar que este motivo puede tener en muchas ciudades una importancia relevante también para la población infantil, cuya movilidad fuera de un entorno relativamente cercano está normalmente más limitada. Satisfacer sus inquietudes de manera autónoma, sin acudir a un servicio público, es la segunda opción que se señala, más entre los adultos que entre los jóvenes, sumando un 35 por ciento quienes satisfacen sus demandas a través de compra, alquiler o conexión a la red en el hogar.
Con todo, no ir a la BP por alguna experiencia anterior negativa es señalado por un porcentaje significativo, que se podría evaluar en el 23 por ciento de los encuestados: ese es el motivo directamente aludido por quienes manifiestan que, cuando han acudido, no han encontrado lo que querían o no tenían sitio; y lógicamente lo es también de quienes declaran no sentirse a gusto en ellas o quienes piensan que no se han actualizado lo suficiente. Y esa experiencia negativa explicaría en parte que casi la mitad de las personas de 14 o más años hayan acudido en algún momento de su vida a las bibliotecas para dejar de hacerlo luego, circunstancia que se da de forma mayoritaria entre los encuestados de 18 a 34 años.

Pero el dato más relevante es que más de la mitad de los habitantes del Estado español no haya visitado nunca una biblioteca pública y que este porcentaje afecte sin demasiadas diferencias a todas las edades a partir de los 14 años. Evidentemente la proporción es mayor entre quienes tienen edades comprendidas entre 35 y 64 años (58 por ciento) y los mayores de 64 años (75 por ciento), que probablemente tuvieron en su infancia y juventud menos oportunidades de disponer de una biblioteca pública. Pero el porcentaje de los más jóvenes no baja del reflejado para el conjunto de la población del Estado (54 por ciento) y es sólo inferior entre los adultos-jóvenes.
La situación que reflejan estos datos no parece coincidir con ciertos tópicos difundidos con más frecuencia que rigor, según los cuales niños, adolescentes y jóvenes acuden masivamente a las BP para abandonarlas cumplida cierta edad y tras haber impedido que acudieran otros sectores de población. Al menos, los posibles obstáculos o barreras para una mayor incidencia del servicio de BP afectan, según estas cifras, a los jóvenes en proporciones similares que al resto de la población.
El hecho de que más de la mitad de los españoles no haya pisado una biblioteca pública habrá que explicarlo más bien por su escasez o ausencia en muchas localidades, por la falta de adecuación y modernización de muchas de ellas, por la extensión de una imagen anticuada y deformada en nuestra sociedad que apenas se ha empezado a superar, por la debilidad, en todo caso, de los hábitos culturales en muchos sectores de la población.
Porque la posibilidad de usar otras bibliotecas en lugar de las públicas tampoco resulta ser una alternativa de relevancia. Sólo el 18 por ciento de los entrevistados declaraba utilizar otras bibliotecas, con importantes diferencias según la edad: la mitad de los jóvenes entre 14 y 17 años manifiesta acudir a otras bibliotecas (el 48 por ciento, bibliotecas escolares); entre los adultos el uso de otro tipo de bibliotecas se circunscribe al 11 por ciento de los encuestados, siendo las bibliotecas universitarias las que utilizan en su mayoría.
La reducida influencia que las bibliotecas tienen para los hábitos culturales de los españoles en su conjunto queda reflejada también en la procedencia de los últimos libros leídos:

La incidencia predominante de la compra como acceso generalizado al libro es común en todas las edades, utilicen o no las bibliotecas, mientras que en segundo lugar se cita el intercambio entre familiares y amigos. Para el sector que acude a las BP, el préstamo que obtienen de ellas anda parejo al que procede de su entorno personal, 20 por ciento y 19 por ciento respectivamente. Ahora bien, entre los que no utilizan las bibliotecas públicas, tan solo el cuatro por ciento de ellos manifiesta que el último libro leído proceda del préstamo de una biblioteca, lo que pone de relieve la importancia relativa que en el préstamo que realizan las bibliotecas tienen las públicas, especialmente entre los más jóvenes.
De las varias consideraciones que podrían plantearse a la vista de los datos que anteceden, hay una que merece la pena retener: las potencialidades aún sin desarrollar de los servicios de las BP o, por decirlo de otra manera, la amplitud del “mercado” potencial que tienen aún sin atender las bibliotecas. En un país en el que la alfabetización masiva de la población se ha conseguido hace tan solo unas décadas, en el que la mitad de sus ciudadanos declaran no leer con asiduidad y que se enfrenta a los importantes retos que para las habilidades y hábitos lectores e informativos de las personas genera la sociedad de la información, parece claro que el papel de instituciones como la biblioteca pública adquiere una importancia de primera línea para el conjunto de la sociedad y, de manera relevante, para muchos sectores de la población.
[91] En esta y las siguientes tablas, la columna del Total se ha obtenido aplicando el coeficiente de ponderación para que la muestra analizada sea representativa de la realidad por edades de la población española. Vid. Nota 7.
[92] A favor de esta hipótesis está el hecho de que tan sólo el 3% de los encuestados que acuden a las BP manifiesta que va a ellas para leer. Sin duda, la consulta de libros debe ser asociada más a otros usos, como pueden ser la elección de una obra para obtenerla en préstamo, el estudio o realización de trabajos académicos o, simplemente la necesidad de obtener una información concreta de cualquier tipo. La utilización de la biblioteca como espacio de lectura sigue teniendo relevancia para ciertos sectores de población (sobre todo para el público infantil y adultos mayores, así como discapacitados), pero ha dejado de constituir la razón de ser primordial de las salas de las BP. La “lectura en sala” ha cobrado, sin embargo, nuevos valores en los últimos años, a raíz de la introducción de servicios de fonoteca y videoteca primero y, sobre todo, de servicios de microteca o acceso a la información y la comunicación a través del ordenador personal conectado en red. Se trata de una “lectura” que exige un equipamiento tecnológico al que no todos los ciudadanos tienen acceso en su hogar o lugar de trabajo o estudio.
[93] Las opiniones más críticas al respecto aparecen entre los adultos encuestados de la comunidad autónoma de Madrid, que tan sólo conceden un aprobado raspado al personal y a los servicios. También en Andalucía baja la media un punto. Vid. el informe de Tea Cegos, Estudios de opinión sobre las bibliotecas públicas en España, Vol. 3, Anexo 3e, en http://www.fundaciongsr.es/bp/Vol3anex.PDF.
[94] Recuérdese que en este caso la muestra utilizada es de 1.193 individuos, de los que 204 tienen edades comprendidas entre los 14 y los 17 años y 989, 18 años o más. Vid. el apartado 1.2 Cómo se ha realizado este estudio.
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DE LA EDICIÓN ELECTRÓNICA, 2001
Fundación Germán Sánchez Ruipérez.
Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas. Subdirección
General de Coordinación Bibliotecaria. Ministerio de Educación,
Cultura y Deporte.
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DE LOS TEXTOS
Fernando Armario; Alejandro Carrión; ;M. Ramona Domínguez; José
Antonio Gómez; Hilario Hernández; Terasa Mañà;
Carme Mayol; José Antonio Merlo; José María Nogales;
Ramón Salaberría; Tomás Saorín; Joaquín
Selgas; Tea Cegos.
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DE LAS TABLAS Y GRÁFICOS ESTADÍSTICOS
Fundación Germán Sánchez Ruipérez.